jueves, 24 de septiembre de 2015

COMIENZO...

Qué difícil resulta a veces intentar seguir el paso de la vida…

Pestañeas por un segundo y de pronto te das cuenta que todos van cien metros adelante y debes acelerar el paso para alcanzarlos.

Empiezas a correr y en mitad de ese apuro por sumarte al resto, te detienes... Así sin más… porque en realidad no quieres llegar ahí. No quieres porque no perteneces, porque no es tu mundo. No es la forma en que has aprendido -a fuerza de muchas caídas- a mezclarte (o mejor dicho, a protegerte) entre la multitud.

Intento vano, porque finalmente sigues siendo un paria, un alienígena, un extranjero. Y por mucho que trates de pasar inadvertido, la foto satelital te muestra claramente como un punto de otro color que rompe la simetría.

Por años, he sabido vivir tranquilo con mi condición de marginal y desadaptado. Y hasta he podido sacar provecho de ello.

Pero cansa, vaya que sí… Sobre todo, pensando que no hay vuelta. Se nace de ese modo y no queda más que asumirlo y tratar que algo positivo resulte de ello.

Nunca pedí ser el diferente, el que pone la nota disidente, la opinión que nadie tiene, el que mira hacia la cordillera cuando el mar se nos viene encima, o hacia el sur cuando la lluvia viene desde el norte… El que la gente escucha porque suena interesante, pero que finalmente nadie atiende… o entiende.

De alguna manera, ese cansancio me llevó a convertirme en un daltónico que ve grises donde hay colores suaves, azules donde hay pinceladas de tonos fríos y marrones en medio de intensos naranja. Perdí la capacidad de ver la infinita gama de tonalidades que nos ofrecen los tres colores básicos… Y por mucho que llene mi espacio de arco iris, el resultado sigue siendo el mismo. El paisaje sigue viéndose deslavado, poco atractivo, como esas acuarelas en las que se usó demasiada agua.

Me inseguricé y empecé a pintar con demasiada precaución. Sin salirme de los márgenes. Y me acostumbré, como el oso que termina convencido que su jaula es el mundo. Mi jaula se me hizo cómoda por largo tiempo.Pero ahora me queda chica. Me está ahogando. Y pese al hecho que tiene la puerta abierta, no me atrevo a salir.

Me acostumbré y acostumbré al mundo a verme en esa caja inaccesible. Sé que puedo salir. Basta un paso y ya estoy fuera… ¿pero si afuera la cosa es peor? ¿Me arrepentiré? ¿Querré volver a encerrarme?

En inglés existe una expresión que dice Burn the bridges (quemar los puentes) para que una vez que los cruces, no tengas oportunidad de arrepentirte y volver atrás.

Creo que me llegó mi hora de hacerlo… quemar cada uno de los caminos que me ligan y atan… destruir la maldita jaula de una vez para que no pueda regresar a ella. Será la única forma de volver a disfrutar bajo la lluvia sin un paraguas, a sentir el viento helado en mi cara. Esa brisa fría que te impide quedarte dormido.

Porque el mundo sigue su paso, finalmente. Y aunque no podré o querré seguirlo, tendré que re-aprender a filtrear con la vanalidad, a mirarme al espejo no sólo para afeitarme, a usar mi ropa fuera de moda con garbo, a estar ahí, teniendo muy claro que no pertenezco…
 
… Porque la vida no es más que un sueño y a veces una mala broma… Y está llena de mensajes que te dicen: por mucho que intentes, no lo lograrás.

Me tocó nacer diferente, ya miré al otro lado del muro y no puedo volver atrás… Estoy quemando los puentes y botando todos los materiales que me permitan construir una nueva jaula.

La vida es de los valientes y la viviré como a mí me tocó: caminando al lado, no junto al resto. Después de todo, el mundo es grande y hay espacio para los alienígenas…

No podré ocultarme. Lo sé… y sé que se darán cuenta que estoy ahí… pero ya no importará, porque los colores volverán, y aunque no sean los mismos que la gente vea… serán mis colores, los más bonitos, con los que pintaré los cuadros que me quedan por crear en esta ya larga vida

… Y que espero poder compartir con ustedes.

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