He amado mucho durante mi vida… y me han amado también. No siempre con la misma suerte, no siempre en sincronía.
Una vez, hace ya muchos años, quien en esa época era mi mejor amiga, en una de las tantas conversaciones de manecida que teníamos, comenzó a insinuar sus sentimientos hacia mí.
Con todo el amor que sentía por ella. Amor filial por cierto, no dejé que terminara de hablar y la interrumpí: "Por favor no sigas. Entiendo perfecto lo que me vas a decir, pero… pero mis afectos van hacia otro lado".
Mirar su rostro y sentir la decepción no fue algo que me hiciera feliz. Al contario, me sentí podrido por no poder corresponderle como se lo merecía; porque se lo merecía. Vaya que sí.
Pero si había decidido vivir mi vida de forma recta, sin mentiras, sin zonas oscuras. No podía intentar engañarla, o peor aún engañarme a mí mismo, iniciando una relación sin futuro.
La conversación fluyo entre desilusiones y resignaciones. Y luego del shock inincial nos fuimos dando cuenta que el cariño que existía entre nosotros no era algo que una situación no buscada pudiera terminar. Estabamos ya unidos. Y pese a que no se concretaría en un abrazo sensual, estabamos irremediablemente (y afortunadamente) condenados a estar ligados para siempre.
Yo me estaba iniciando, totalmente perdido ante todo el nuevo mundo que se había abierto frente a mí. Era un náufrago desesperado, intentando agarrarse a la primera tabla que le permitiera mantenerse a flote… Y ahí fue cuando surgió… cuando ya los pájaros anunciaban el despuntar del día le hice una pregunta fundamental, desesperada, necearia: ¿Cómo soy, amiga? ¿En qué me he convertido? ¿Qué me epera de todo esto?
Naturalmente la respuesta no fue inmediata. Se quedó pensativa y yo en silencio… Y luego de una larga pausa me dijo, así sin más… es hora de irme a casa. Tomó sus cosas y partió.
Quedé con una sensación extraña, mezcla de tristeza y de alivio. Tristeza por no ser capaz de retribuir el amor que se me ofrecía… y alivio, porque hubo una resignación que implicaba un agradecimiento por la honestidad.
Pensé que no la vería en un tiempo largo. Pero al otro día, reapareció en casa. Nos dimos un abrazo tan grande como siempre y me entregó un puñado de hojas. "Léelas cuando estés solo", me dijo… "por ahora tomémonos un café y hablemos de cualquier cosa".
Fue una visita corta, casi como de despedida. Y cuando finalmente me encontré solo, corrí a ver qué había escrito en esas hojas…
Ahora, por pura autocomplacencia, quiero compartir con ustedes ese texto… un poema hecho, dedicado y diseñado para responder la pregunta que me agobiaba desde la noche anterior… ¿Cómo soy? ¿En qué me estoy convirtiendo?
Así me respondió ella con su sabiduría de vida y su talento como poetiza…
¿Cómo eres?
Te
pareces a un árbol
Espigado,
esbelto y solitario.
Sobreviviente
de los vientos
que
doblaron tu corona
de
sueños infantiles
obligándote
a bajar los ojos
a
la tierra y más abajo,
a
las raíces de la tierra.
De
pocas ramas,
recio
pero flexible
de
pocas hojas
que
se desprenden, vuelan
y
vuelven con colores nuevos
a
agarrarse de las mismas ramas.
Si
extiendes los brazos
tu
altura te permite alcanzar
los
tejados, los pájaros, los nidos.
Si
extiendes además las manos
puedes
recoger del sol
toda
la luz entre los dedos
y
pintar con ellos las ventanas
como
si fueran pinceles inacabables.
Te
pareces a un árbol,
porque
tu voz es la voz
secreta
de los álamos
cruzando
los atardeceres.
A
veces como un murmullo
de
agua en las acequias;
a
veces como un susurro
de
brisa acariciante;
y
muchas, muchas veces
tu
voz es el silencio suave
de
la naturaleza sabia
que
no conoce otro lenguaje.
¿Cómo
eres? ¿Cómo eres mi amigo?
Un
metro ochenta y algo
de
poca carne y abundantes huesos.
Osado,
asustadizo y escurridizo.
De
pocos pelos e infinitas miradas
en
ojos de niño surcados de ancianidad.
Risa
y sonrisa enredadas
en
una voz que suena a mantra.
De
palabras justas y pensamiento disperso,
acertado
en el discurso,
acelerado
en la acción.
De
buen hablar, si no fuera
por
lo deslenguado y tanto inglés
interrumpiendo
un impecable español.
Un
buen amante de todo lo que se puede
y
no se debe amar,
o
un mal amante de todo lo que se debe
y
no se puede amar.
Intelecto
acorde con la altura
ilimitada
de tus brazos extendidos.
Paciente
para armar rompecabezas
y
desarmar corazones vagabundos.
De
manos artesanas sanadoras,
con
dedos tan largos y fríos
como
los extremos de la tierra.
Encorvado
por el peso de la vida – muerte vida,
pero
liviano, fugaz y flotante
como
las sombras crepusculares
que
cuelgan del abrigo negro.
Amanecido
y anochecido
en
el filo de la navaja,
o
nacido en el beso prohibido
de
la aurora.
Adicto
al café, fumador empedernido,
visitante
de mundos soterrados.
Humano,
casi humano,
sufriente
en la mismidad,
gozoso
e intenso en todo lo demás.
Bohemio,
artista, ermitaño,
amigo
de los amigos,
coqueto
sin remedio,
mezcla
de Narciso, Goldmundo, Demian,
Mago
de Oz y Pink Floyd,
sabedor
de brujerías
y
lector de los destinos.
Bellamente
indiferente
en
tu aire ausente
y
tantas cosas más
que
no son de las palabras,
sino
de la amistad.
Dedicado a ella, la mujer que me amó y que no pude corresponder… la que me conoce como pocos… la amiga que no siempre está presente físicamente, pero que siempre está ahí para darme esa palabra justa.
En Santiago, hace ya muchos años...