martes, 29 de septiembre de 2015

POR PURA ATUOCOMPLACENCIA

He amado mucho durante mi vida… y me han amado también. No siempre con la misma suerte, no siempre en sincronía.


Una vez, hace ya muchos años, quien en esa época era mi mejor amiga, en una de las tantas conversaciones de manecida que teníamos, comenzó a insinuar sus sentimientos hacia mí.



Con todo el amor que sentía por ella. Amor filial por cierto, no dejé que terminara de hablar y la interrumpí: "Por favor no sigas. Entiendo perfecto lo que me vas a decir, pero… pero mis afectos van hacia otro lado".



Mirar su rostro y sentir la decepción no fue algo que me hiciera feliz. Al contario, me sentí podrido por no poder corresponderle como se lo merecía; porque se lo merecía. Vaya que sí.



Pero si había decidido vivir mi vida de forma recta, sin mentiras, sin zonas oscuras. No podía intentar engañarla, o peor aún engañarme a mí mismo, iniciando una relación sin futuro.



La conversación fluyo entre desilusiones y resignaciones. Y luego del shock inincial nos fuimos dando cuenta que el cariño que existía entre nosotros no era algo que una situación no buscada pudiera terminar. Estabamos ya unidos. Y pese a que no se concretaría en un abrazo sensual, estabamos irremediablemente (y afortunadamente) condenados a estar ligados para siempre.



Yo me estaba iniciando, totalmente perdido ante todo el nuevo mundo que se había abierto frente a mí. Era un náufrago desesperado, intentando agarrarse a la primera tabla que le permitiera mantenerse a flote… Y ahí fue cuando surgió… cuando ya los pájaros anunciaban el despuntar del día le hice una pregunta fundamental, desesperada, necearia: ¿Cómo soy, amiga? ¿En qué me he convertido? ¿Qué me epera de todo esto?



Naturalmente la respuesta no fue inmediata. Se quedó pensativa y yo en silencio… Y luego de una larga pausa me dijo, así sin más… es hora de irme a casa. Tomó sus cosas y partió.



Quedé con una sensación extraña, mezcla de tristeza y de alivio. Tristeza por no ser capaz de retribuir el amor que se me ofrecía… y alivio, porque hubo una resignación que implicaba un agradecimiento por la honestidad.



Pensé que no la vería en un tiempo largo. Pero al otro día, reapareció en casa. Nos dimos un abrazo tan grande como siempre y me entregó un puñado de hojas. "Léelas cuando estés solo", me dijo… "por ahora tomémonos un café y hablemos de cualquier cosa".



Fue una visita corta, casi como de despedida. Y cuando finalmente me encontré solo, corrí a ver qué había escrito en esas hojas…



Ahora, por pura autocomplacencia, quiero compartir con ustedes ese texto… un poema hecho, dedicado y diseñado para responder la pregunta que me agobiaba desde la noche anterior… ¿Cómo soy? ¿En qué me estoy convirtiendo?



Así me respondió ella con su sabiduría de vida y su talento como poetiza…


¿Cómo eres?

Te pareces a un árbol
Espigado, esbelto y solitario.
Sobreviviente de los vientos
que doblaron tu corona
de sueños infantiles
obligándote a bajar los ojos
a la tierra y más abajo,
a las raíces de la tierra.
De pocas ramas,
recio pero flexible
de pocas hojas
que se desprenden, vuelan
y vuelven con colores nuevos
a agarrarse de las mismas ramas.

Si extiendes los brazos
tu altura te permite alcanzar
los tejados, los pájaros, los nidos.
Si extiendes además las manos
puedes recoger del sol
toda la luz entre los dedos
y pintar con ellos las ventanas
como si fueran pinceles inacabables.

Te pareces a un árbol,
porque tu voz es la voz
secreta de los álamos
cruzando los atardeceres.
A veces como un murmullo
de agua en las acequias;
a veces como un susurro
de brisa acariciante;
y muchas, muchas veces
tu voz es el silencio suave
de la naturaleza sabia
que no conoce otro lenguaje.

¿Cómo eres? ¿Cómo eres mi amigo?
Un metro ochenta y algo
de poca carne y abundantes huesos.
Osado, asustadizo y escurridizo.
De pocos pelos e infinitas miradas
en ojos de niño surcados de ancianidad.
Risa y sonrisa enredadas
en una voz que suena a mantra.
De palabras justas y pensamiento disperso,
acertado en el discurso,
acelerado en la acción.
De buen hablar, si no fuera
por lo deslenguado y tanto inglés
interrumpiendo un impecable español.

Un buen amante de todo lo que se puede
y no se debe amar,
o un mal amante de todo lo que se debe
y no se puede amar.

Intelecto acorde con la altura
ilimitada de tus brazos extendidos.
Paciente para armar rompecabezas
y desarmar corazones vagabundos.
De manos artesanas sanadoras,
con dedos tan largos y fríos
como los extremos de la tierra.
Encorvado por el peso de la vida – muerte vida,
pero liviano, fugaz y flotante
como las sombras crepusculares
que cuelgan del abrigo negro.

Amanecido y anochecido
en el filo de la navaja,
o nacido en el beso prohibido
de la aurora.
Adicto al café, fumador empedernido,
visitante de mundos soterrados.
Humano, casi humano,
sufriente en la mismidad,
gozoso e intenso en todo lo demás.

Bohemio, artista, ermitaño,
amigo de los amigos,
coqueto sin remedio,
mezcla de Narciso, Goldmundo, Demian,
Mago de Oz y Pink Floyd,
sabedor de brujerías
y lector de los destinos.
Bellamente indiferente
en tu aire ausente
y tantas cosas más
que no son de las palabras,
sino de la amistad.



Dedicado a ella, la mujer que me amó y que no pude corresponder… la que me conoce como pocos… la amiga que no siempre está presente físicamente, pero que siempre está ahí para darme esa palabra justa.

En Santiago, hace ya muchos años...

jueves, 24 de septiembre de 2015

COMIENZO...

Qué difícil resulta a veces intentar seguir el paso de la vida…

Pestañeas por un segundo y de pronto te das cuenta que todos van cien metros adelante y debes acelerar el paso para alcanzarlos.

Empiezas a correr y en mitad de ese apuro por sumarte al resto, te detienes... Así sin más… porque en realidad no quieres llegar ahí. No quieres porque no perteneces, porque no es tu mundo. No es la forma en que has aprendido -a fuerza de muchas caídas- a mezclarte (o mejor dicho, a protegerte) entre la multitud.

Intento vano, porque finalmente sigues siendo un paria, un alienígena, un extranjero. Y por mucho que trates de pasar inadvertido, la foto satelital te muestra claramente como un punto de otro color que rompe la simetría.

Por años, he sabido vivir tranquilo con mi condición de marginal y desadaptado. Y hasta he podido sacar provecho de ello.

Pero cansa, vaya que sí… Sobre todo, pensando que no hay vuelta. Se nace de ese modo y no queda más que asumirlo y tratar que algo positivo resulte de ello.

Nunca pedí ser el diferente, el que pone la nota disidente, la opinión que nadie tiene, el que mira hacia la cordillera cuando el mar se nos viene encima, o hacia el sur cuando la lluvia viene desde el norte… El que la gente escucha porque suena interesante, pero que finalmente nadie atiende… o entiende.

De alguna manera, ese cansancio me llevó a convertirme en un daltónico que ve grises donde hay colores suaves, azules donde hay pinceladas de tonos fríos y marrones en medio de intensos naranja. Perdí la capacidad de ver la infinita gama de tonalidades que nos ofrecen los tres colores básicos… Y por mucho que llene mi espacio de arco iris, el resultado sigue siendo el mismo. El paisaje sigue viéndose deslavado, poco atractivo, como esas acuarelas en las que se usó demasiada agua.

Me inseguricé y empecé a pintar con demasiada precaución. Sin salirme de los márgenes. Y me acostumbré, como el oso que termina convencido que su jaula es el mundo. Mi jaula se me hizo cómoda por largo tiempo.Pero ahora me queda chica. Me está ahogando. Y pese al hecho que tiene la puerta abierta, no me atrevo a salir.

Me acostumbré y acostumbré al mundo a verme en esa caja inaccesible. Sé que puedo salir. Basta un paso y ya estoy fuera… ¿pero si afuera la cosa es peor? ¿Me arrepentiré? ¿Querré volver a encerrarme?

En inglés existe una expresión que dice Burn the bridges (quemar los puentes) para que una vez que los cruces, no tengas oportunidad de arrepentirte y volver atrás.

Creo que me llegó mi hora de hacerlo… quemar cada uno de los caminos que me ligan y atan… destruir la maldita jaula de una vez para que no pueda regresar a ella. Será la única forma de volver a disfrutar bajo la lluvia sin un paraguas, a sentir el viento helado en mi cara. Esa brisa fría que te impide quedarte dormido.

Porque el mundo sigue su paso, finalmente. Y aunque no podré o querré seguirlo, tendré que re-aprender a filtrear con la vanalidad, a mirarme al espejo no sólo para afeitarme, a usar mi ropa fuera de moda con garbo, a estar ahí, teniendo muy claro que no pertenezco…
 
… Porque la vida no es más que un sueño y a veces una mala broma… Y está llena de mensajes que te dicen: por mucho que intentes, no lo lograrás.

Me tocó nacer diferente, ya miré al otro lado del muro y no puedo volver atrás… Estoy quemando los puentes y botando todos los materiales que me permitan construir una nueva jaula.

La vida es de los valientes y la viviré como a mí me tocó: caminando al lado, no junto al resto. Después de todo, el mundo es grande y hay espacio para los alienígenas…

No podré ocultarme. Lo sé… y sé que se darán cuenta que estoy ahí… pero ya no importará, porque los colores volverán, y aunque no sean los mismos que la gente vea… serán mis colores, los más bonitos, con los que pintaré los cuadros que me quedan por crear en esta ya larga vida

… Y que espero poder compartir con ustedes.