No era una persona apegada a las
cosas. Sin embargo, ese búho de cristal era muy importante para él. Los tres
últimos años de su vida estaban contenidos en ese objeto que se había
convertido en el símbolo de un amor que ya fue, pero que de vez en cuando se
manifestaba en algún punto entre su estómago y su corazón.
Lo cuidaba en extremo. Lo había puesto
en un lugar donde no corriera riesgo de caerse durante un temblor o que alguien
lo botara por accidente. Pero ahora estaba ahí, hecho añicos, reducido
a unos fragmentos esparcidos por el suelo.
Ese día, aprovechando que no
tenía que trabajar, decidió limpiar el polvo de la casa, y cuando llegó al
estante del búho sin querer lo pasó a llevar, lanzándolo hacia su destrucción.
Perplejo, no dejaba de mirar el
desastre, sus ojos se humedecieron y sin poder contenerse explotó en un llanto
ahogado, mudo, sin escándalos... necesitaba sacar la angustia que lo estaba asfixiando.
Meses atrás, ese mismo sentimiento
lo había enfermado y sintió pánico ante la idea de volver a caer.
Se arrodilló y tembloroso comenzó a recoger
las piezas sin reparar en los cortes que le estaban produciendo. Con
los dedos ensangrentados y la vista nublada por las lágrimas, levantó cada uno
de los trozos. Siete en total, demasiados para un objeto tan pequeño.
Una vez que los recuperó todos, hizo un nido protector con la palma de su mano y se los llevó al pecho. Sangre y lágrimas corrían por su polera. El búho de cristal estaba roto y con éste, el último testimonio de algo que había sido hermoso.
Una vez que los recuperó todos, hizo un nido protector con la palma de su mano y se los llevó al pecho. Sangre y lágrimas corrían por su polera. El búho de cristal estaba roto y con éste, el último testimonio de algo que había sido hermoso.
Se mantuvo así durante largo
tiempo, hasta que el llanto cesó. Recién ahí reparó en sus dedos cortados. Se levantó, con
cuidado depositó los vidrios en una mesa y se dirigió al baño para poner las manos
bajo el chorro de agua fría y limpiar la sangre. Los cortes no habían sido
profundos, pero comenzaban a arderle. Vio su polera ensangrentada y la limpió
como pudo. “Voy a repararlo”, se dijo. “Estoy seguro que puedo hacerlo”.
Tremendamente hábil con sus manos
artesanas, sabía que podría hacer un trabajo de relojería y dejarlo
prácticamente intacto. Tenía todos los materiales
para hacerlo: pegamento para vidrio, lupas y herramientas.
Ya más tranquilo se sentó en la mesa y suavemente comenzó a limpiar con alcohol las manchas de
sangre seca de cada pieza del búho. Luego, inició el trabajo de reconstitución.
Primero una oreja diminuta. Puso la cantidad justa de pegamento la unió a la cabeza. Se quedó un rato afirmándola, hasta que el potente adhesivo
cumpliera su función.
Era una fría noche de invierno,
ambos habían terminado de servirse un té con pasteles en su café preferido de
Barrio Italia. Pidieron la cuenta y se dispusieron a salir. Estaba helado, pero
el joven tiritaba en forma exagerada. Él, preocupado, se apuro en llegar al
auto para abrirlo y permitir que entrasen. Lo encendió y puso la
calefacción. “Acá te vas a calentar pronto, no te preocupes”, le dijo. El auto
se entibió, pero el joven seguía tiritando. “¿Qué te pasa? ¿Tienes algún
problema?”, preguntó preocupado. Sin mirarlo a la cara, el joven habló: “Yo sé
que tú estás buscando alguien mayor que yo, alguien de tu edad, pero no te
puedo sacar de mi cabeza y me encantaría... Bueno, quisiera que me consideraras”.
Sin saber qué responder, él le devolvió una mirada tierna. “Mira, vamos a un
lugar más privado para que podamos conversar”.
Puso el auto en movimiento y llegaron a una plaza con poco tráfico. Estacionó en un lugar apartado. No habían conversado en todo el trayecto, pero notó que el joven estaba más tranquilo. “Yo sé que desde que nos conocemos he bromeado con la idea de robarte un beso, porque me gustas, me gustas mucho en verdad, pero no puedo olvidar nuestra gran diferencia de edad”. “Eso nunca me ha importado”, respondió el joven. “Porque tú eres el menor acá. Porque tienes toda la vida por delante y muchas cosas que hacer… y yo, yo pronto me convertiré en un estorbo en tu vida”, argumentó él. “Eso nunca. Te lo juro”, aseguró el veinteañero.
Puso el auto en movimiento y llegaron a una plaza con poco tráfico. Estacionó en un lugar apartado. No habían conversado en todo el trayecto, pero notó que el joven estaba más tranquilo. “Yo sé que desde que nos conocemos he bromeado con la idea de robarte un beso, porque me gustas, me gustas mucho en verdad, pero no puedo olvidar nuestra gran diferencia de edad”. “Eso nunca me ha importado”, respondió el joven. “Porque tú eres el menor acá. Porque tienes toda la vida por delante y muchas cosas que hacer… y yo, yo pronto me convertiré en un estorbo en tu vida”, argumentó él. “Eso nunca. Te lo juro”, aseguró el veinteañero.
Se quedaron en silencio, sin
atrever a mirarse. Cada uno concentrado en algún punto del auto, cuyos vidrios
comenzaban a empañarse por la diferencia de temperatura con el exterior. Al rato
y como una forma de alivianar el ambiente, dijo en tono de broma: “Bueno, me imagino que no te
opondrás al beso que he querido darte siempre, entonces”. “Es lo único que quiero, que
necesito ahora” dijo el joven.
Se miraron a los ojos y lentamente se fueron acercando hasta que sus labios se tocaron. De alguna manera se acoplaron tan bien y la intensidad del momento fue tanta, que pronto se dio cuenta que los dos años previos en que había logrado mantener las cosas en un plano amistoso, de nada habían servido, pues en ese mismo instante comenzó a enamorarse. Todo en su cuerpo se estremeció y lo mismo pasó con el joven. Para ambos fue el mejor beso que habían dado-recibido en sus vidas. En ese acto se entregaron el alma y luego de varios minutos se separaron sólo lo suficiente para mirarse a los ojos. Ambos entendieron que ya no se podrían separar más.
Se miraron a los ojos y lentamente se fueron acercando hasta que sus labios se tocaron. De alguna manera se acoplaron tan bien y la intensidad del momento fue tanta, que pronto se dio cuenta que los dos años previos en que había logrado mantener las cosas en un plano amistoso, de nada habían servido, pues en ese mismo instante comenzó a enamorarse. Todo en su cuerpo se estremeció y lo mismo pasó con el joven. Para ambos fue el mejor beso que habían dado-recibido en sus vidas. En ese acto se entregaron el alma y luego de varios minutos se separaron sólo lo suficiente para mirarse a los ojos. Ambos entendieron que ya no se podrían separar más.
Con una sonrisa en la cara, soltó la oreja reparada y la observó. Perfecto, no se notaba la
unión. Ahora, la cabeza. El corte diagonal que presentaba calzaba perfectamente
con el resto del cuerpo. No sería difícil pegarlo. Nuevamente el adhesivo justo
a ambas partes y luego, con sumo cuidado, la cabeza quedó en su lugar.
Un mes había pasado desde aquel
beso. Treinta días de juntarse, conversar, conocerse, tomarse de las manos y
besarse. Hasta que finalmente llegó esa noche. Estaban muy nerviosos, casi como niños o primerizos. Para ambos, no
era algo sin importancia, era la confirmación de un amor real, valioso
e incorruptible. De esos amores que pocas veces se experimentan en la vida.
Luego de besarse suavemente,
comenzaron a sacarse la ropa… lento, muy lento. Querían descubrirse de a poco, aprender
cada parte de sus cuerpos. Nada los apuraba. Nada los detenía.
Recorrieron con las yemas las
pieles erizadas por la excitación hasta que el mundo entero se redujo a ellos dos, amantes perfectos el uno para el otro. Adoraron
cada una de sus curvas, sus formas, sus imperfecciones. Enlazados en un abrazo
eterno, ligados física y emocionalmente. Cuando entró en el joven se acabaron
las fronteras. Eran un solo cuerpo que se movía armonioso al ritmo del
placer. Una danza bella, en la que cada uno buscaba el goce del otro, entregados
más allá de un mero acto sexual… Sí, definitivamente se amaban.
Sólo una diminuta raya, casi
imperceptible, quedó cuando la cabeza del búho estuvo unida al cuerpo. Dejó el trabajo en la mesa y se quedó mirando al
vacío, divagando entre momentos pasados que nunca más se
repetirán. Una sonrisa melancólica se dibujó en su rostro. Luego de un rato,
sacudió la cabeza para espabilarse y retomó la restauración. Tocaba unir las dos mitades del cuerpo.
Desde aquella primera noche,
dormir juntos implicaba un ritual intransable: caer en el sueño abrazados
totalmente. Invierno o verano durante casi tres años, a la hora de dar las
buenas noches, lo rodeaba por atrás con ambos brazos, atrayéndolo contra su
pecho y pasaba una pierna por entre las del joven. Ni un milímetro los separaba
en esa posición perfecta en la que calzaban absolutamente. Y antes de entrar en
la inconsciencia él siempre le decía un “te amo” al oído.
"Te amo, te amo, te amo..." Se sorprendió repitiendo esas palabras en forma inconsciente, casi como un mantra. “¿Te amo?
¿Todavía te amo?” Se encogió de hombros, pues respuesta no existía a esa
pregunta. No era algo que se pudiera analizar con el corazón lleno de
cicatrices, y en cuestiones de amor, el intelecto poco o nada tiene que decir.
Volvió a concentrarse en la
reparación del búho de cristal. Un regalo de cumpleaños, cuya importancia
radicaba en el gran esfuerzo que había hecho el joven para encontrarlo. Fue
buscado con tanto cariño, que aún podía sentir en él la energía del afecto que
alguna vez sintieron por él.
Fue una noche como muchas
anteriores. Llegó a la casa del joven para quedarse. El primer signo fue el
beso de saludo, un tanto frío e indiferente. Tomaron once juntos y conversaron
por horas hasta que, sin saber cómo, llegaron al tema que nunca se le habría
pasado por la mente tocarían. “¿Qué te pasa?”, le preguntó
preocupado. “No sé, la verdad es que no lo tengo claro, pero siento que algo se
rompió” respondió el joven. Cerró sus ojos como para asimilar cada una de las
palabras que había escuchado. Un escalofrío lo recorrió y el sentimiento de
angustia que sentiría por meses se le fijó en la boca del estómago.
Sabía perfectamente lo que tenía
que preguntar, pero no quería hacerlo. Significaría darle pie para que dijera
lo que no estaba dispuesto a escuchar. Su cabeza estaba a full, tratando de
entender qué había pasado en el último tiempo, pues hasta ahora no había
percibido ningún signo de problema. Se sintió estúpido, torpe por no haberlo
notado. Lo miró por un instante. Estaba encorvado, triste y se dio cuenta que lo amaba demasiado como
para evadir lo que el joven estaba necesitando decir y no se atrevía.
Si se callaba, las cosas
seguirían igual, pero ¿vale la pena mantener a alguien a tu lado por lástima?
¿De qué sirve entregarle todo tu amor a quien tal vez ya no quiere recibirlo?
Cerró los ojos y lo dijo: “¿Desde cuándo dejaste de amarme?”… “No, no es eso
–respondió el joven– es que, bueno, creo que necesito un tiempo para pensar”.
Un tiempo, todo el mundo sabe lo que implica pedir “un tiempo”. ¿Por qué razón una pareja que se ama necesitaría alejarse, si supuestamente es juntos como se solucionan los problemas? Tenía claro que “un tiempo” significaba el espacio suficiente para superar la pena del desamor. Enfriar las cosas para que, llegado el momento, no costara tanto decir adiós.
Un tiempo, todo el mundo sabe lo que implica pedir “un tiempo”. ¿Por qué razón una pareja que se ama necesitaría alejarse, si supuestamente es juntos como se solucionan los problemas? Tenía claro que “un tiempo” significaba el espacio suficiente para superar la pena del desamor. Enfriar las cosas para que, llegado el momento, no costara tanto decir adiós.
Comprimió el dolor que sentía y accedió a la petición. “¿Cuánto tiempo
necesitas?”. “No sé, un par de semanas”. “Ok –dijo– un par de semanas”.
Esa noche no fue de amor, sino de
separación. Debía salir pronto de esa casa. Tomó su bolso y con
un simple gesto de mano, dijo adiós.
Actuó lo más rápido que pudo, estaba
a punto de ponerse a llorar y no quería hacerlo frente al joven. Cerró la
puerta y corrió escaleras abajo. Necesitaba alejarse del edificio para
finalmente sacar afuera todo el dolor que lo agobiaba.
Con el búho en la mano ya casi
terminado, dio un gran suspiro. El recuerdo aún vivo le produjo el
mismo tormento que había sentido esa noche. Intentó concentrarse en la última pieza que
faltaba: la pata derecha. La acopló de diversas maneras hasta que encontró el
punto adecuado. Puso el pegamento y la adosó...
Las dos semanas se convirtieron
en tres y luego en cuatro... Nada sabía de su joven
amor y no se atrevía a molestarlo. Estaba obsesionado, no dejaba de pensar un
segundo en él, tratando aún de entender qué había pasado. Los días se hacían
eternos esperando alguna manifestación de su parte: una llamada, un mensaje de
texto con un “juntémonos”… nada.
Ya no dormía y en el día era un ente que se movía por inercia. ¿Cómo se puede amar tanto a una persona, que la vida prácticamente se acaba?
Ya no dormía y en el día era un ente que se movía por inercia. ¿Cómo se puede amar tanto a una persona, que la vida prácticamente se acaba?
Se resistía a aceptar lo
inevitable. Trataba de autoengañarse, pensando que todo volvería a ser como
antes, pero su carácter realista lo traicionaba. Sabía que lo habían
dejado de amar y tenía que aceptarlo.
Exhausto de tanto dolor se empezó
a enfermar físicamente y se dio cuenta que había llegado el momento de
actuar. Llamarlo no era una opción, pues arriesgaba que no le
respondieran, así es que decidió escribirle un correo. En él vertió todos sus sentimientos y se despidió para
siempre. Le costó muchas horas decidirse a enviarlo, pero finalmente –muy tarde
en la noche– lo hizo. Por primera vez en un mes durmió relativamente bien.
La sorpresa vino con el amanecer,
revisó su correo y se encontró con una respuesta del joven, pidiéndole que se
juntaran. Nuevamente se encendieron las esperanzas y rápidamente contestó,
accediendo a la petición. Cuando envió la respuesta, no pudo evitar sentir algo
de vergüenza por su actitud infantil, pues sabía que el joven sólo estaba reaccionando a la carta de despedida, ya que durante un mes no sintió la necesidad de manifestarse… “No
te hagas expectativas, se dijo, él sólo quiere cerrar las cosas”.
El día de la cita,
le bastó verlo cruzar el umbral para constatar lo que temía. En el rostro
del joven se percibía la falta de amor. Se arrepintió tanto de haber aceptado
la reunión.
Respiró profundo y lo invitó a
sentarse. Las primeras palabras del joven dejaron claro que era el final: “No
me había comunicado, porque no encontraba las palabras para decirte…”
“No. No digas más –lo
interrumpió– entiendo perfectamente lo que pasa”. Esta vez no pudo contenerse y
las lagrimas empezaron a brotarle sin control, pero siguió hablando, pese al rostro duro que tenía al frente, inconmovible ante su dolor. “Yo te amo demasiado, le dijo, y no
sabes cuánto me duele que tú hayas dejado de hacerlo. Pero por este amor que
tengo, no puedo obligarte, no puedo exigirte nada. El tonto fui yo, porque olvidé que nuestra diferencia de edad terminaría pesando, que te darías cuenta
que tienes mucho que vivir y que yo sobro en esos proyectos. Sólo deseo que
seas feliz y que esta decisión que tomaste sea la correcta”. “Pero yo no quiero
dejar de verte, te quiero mucho", agregó el joven. “Eso no es posible. No por
ahora y no sé por cuánto tiempo. Tengo que curarme, tengo que olvidarte, dejar
de verte cuando cierro los ojos. Tengo que volver a vivir”.
Hablaba de forma
automática, porque en el fondo lo único que quería hacer era rogarle para que
se quedara a su lado, para que se re-enamorara, algo por lo que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa.… Pero los años le habían enseñado que esos intentos nunca resultaban.
Definitivamente el sueño había terminado y había que despertar. No quedaba más que aceptar y dejarlo ir tranquilo. Tomó todo con la resignación más digna que pudo encontrar.
Conversaron por horas, incluso de
banalidades. Ninguno de los dos quería terminar el encuentro, pues sabían que
sería el último. Pero el tiempo es implacable y la hora de separarse llegó. Le ofreció
acompañarlo hasta la estación de metro más cercana, así estarían unos minutos
más juntos. El joven accedió feliz.
Las cuatro cuadras se hicieron demasiado
cortas. Durante ese lapso rogaba para que se arrepintiera, que se
detuviera y le dijera que lo amaba demasiado para dejarlo, que tenían
que arreglar las cosas. Pero ya faltaba menos de 50 metros y no hubo reacción alguna. Se repetía en su mente “arrepiéntete,
arrepiéntete, quédate conmigo. Por favor, quédate conmigo”. Sin embargo, llegaron hasta
la estación y nada sucedió.
Se detuvieron frente a la entrada
y se quedaron mirando por unos segundos. Respiraba cada vez más profundo, tratando de calmar el nerviosismo evidente. Su acelerado corazón y la angustia lacerante explotaron en más lágrimas incontenibles. Se dieron un último abrazo y al oído le dijo
“no vuelvas a enamorar a un mayor, porque lo harás sufrir”… No esperó
respuesta, lo soltó y dio media vuelta. Ahora lloraba libremente, sin reparar
en la gente con la que se cruzaba. No volvió la vista atrás y en la primera
esquina dobló, desapareciendo para siempre.
Sentado en la mesa, lloraba mientras sostenía la pata que ya estaba totalmente pegada. Se enjugó
las lágrimas, aspiró profundo y miró el resultado de la restauración. Casi no se
notaban las uniones. Más tranquilo se levantó llevando el búho con sumo cuidado
y se dirigió a la cocina. Lo dejó sobre el mesón y se preparó un té
–en hojas, como le gustaba–.
Mientras hervía el agua, tomó el
búho y lo miró detenidamente. Había quedado demasiado bien. Sólo una leve raya
se notaba en el centro del animal, a la altura de lo que sería su corazón.
Sonrió ante la casualidad, ahora el búho tenía la misma cicatriz en el corazón
qué él se había ganado hace ya casi un año.
Dejó la figura en el
mesón y se sirvió el té. Como siempre, antes de probarlo, aspiró para sentir el
agradable aroma de las hojas de su Ceylan favorito. Luego dio un sorbo y lo saboreó. “Mmm… exquisito”.
Tomó la pieza de cristal y
nuevamente la miró a contraluz. Con el pie presionó el pedal del basurero para
abrir su tapa y sin pensarlo dos veces, arrojó el búho en su interior. Luego sacó el
pie y la tapa se cerró.