martes, 19 de enero de 2016

EL BÚHO ROTO

No era una persona apegada a las cosas. Sin embargo, ese búho de cristal era muy importante para él. Los tres últimos años de su vida estaban contenidos en ese objeto que se había convertido en el símbolo de un amor que ya fue, pero que de vez en cuando se manifestaba en algún punto entre su estómago y su corazón.

Lo cuidaba en extremo. Lo había puesto en un lugar donde no corriera riesgo de caerse durante un temblor o que alguien lo botara por accidente. Pero ahora estaba ahí, hecho añicos, reducido a unos fragmentos esparcidos por el suelo.

Ese día, aprovechando que no tenía que trabajar, decidió limpiar el polvo de la casa, y cuando llegó al estante del búho sin querer lo pasó a llevar, lanzándolo hacia su destrucción.

Perplejo, no dejaba de mirar el desastre, sus ojos se humedecieron y sin poder contenerse explotó en un llanto ahogado, mudo, sin escándalos... necesitaba sacar la angustia que lo estaba asfixiando.

Meses atrás, ese mismo sentimiento lo había enfermado y sintió pánico ante la idea de volver a caer.

Se arrodilló y tembloroso comenzó a recoger las piezas sin reparar en los cortes que le estaban produciendo. Con los dedos ensangrentados y la vista nublada por las lágrimas, levantó cada uno de los trozos. Siete en total, demasiados para un objeto tan pequeño.

Una vez que los recuperó todos, hizo un nido protector con la palma de su mano y se los llevó al pecho. Sangre y lágrimas corrían por su polera. El búho de cristal estaba roto y con éste, el último testimonio de algo que había sido hermoso.

Se mantuvo así durante largo tiempo, hasta que el llanto cesó. Recién ahí reparó en sus dedos cortados. Se levantó, con cuidado depositó los vidrios en una mesa y se dirigió al baño para poner las manos bajo el chorro de agua fría y limpiar la sangre. Los cortes no habían sido profundos, pero comenzaban a arderle. Vio su polera ensangrentada y la limpió como pudo. “Voy a repararlo”, se dijo. “Estoy seguro que puedo hacerlo”.

Tremendamente hábil con sus manos artesanas, sabía que podría hacer un trabajo de relojería y dejarlo prácticamente intacto. Tenía todos los materiales para hacerlo: pegamento para vidrio, lupas y herramientas.

Ya más tranquilo se sentó en la mesa y suavemente comenzó a limpiar con alcohol las manchas de sangre seca de cada pieza del búho. Luego, inició el trabajo de reconstitución. Primero una oreja diminuta. Puso la cantidad justa de pegamento la unió a la cabeza. Se quedó un rato afirmándola, hasta que el potente adhesivo cumpliera su función.


Era una fría noche de invierno, ambos habían terminado de servirse un té con pasteles en su café preferido de Barrio Italia. Pidieron la cuenta y se dispusieron a salir. Estaba helado, pero el joven tiritaba en forma exagerada. Él, preocupado, se apuro en llegar al auto para abrirlo y permitir que entrasen. Lo encendió y puso la calefacción. “Acá te vas a calentar pronto, no te preocupes”, le dijo. El auto se entibió, pero el joven seguía tiritando. “¿Qué te pasa? ¿Tienes algún problema?”, preguntó preocupado. Sin mirarlo a la cara, el joven habló: “Yo sé que tú estás buscando alguien mayor que yo, alguien de tu edad, pero no te puedo sacar de mi cabeza y me encantaría... Bueno, quisiera que me consideraras”. Sin saber qué responder, él le devolvió una mirada tierna. “Mira, vamos a un lugar más privado para que podamos conversar”.

Puso el auto en movimiento y llegaron a una plaza con poco tráfico. Estacionó en un lugar apartado. No habían conversado en todo el trayecto, pero notó que el joven estaba más tranquilo. “Yo sé que desde que nos conocemos he bromeado con la idea de robarte un beso, porque me gustas, me gustas mucho en verdad, pero no puedo olvidar nuestra gran diferencia de edad”. “Eso nunca me ha importado”, respondió el joven. “Porque tú eres el menor acá. Porque tienes toda la vida por delante y muchas cosas que hacer… y yo, yo pronto me convertiré en un estorbo en tu vida”, argumentó él. “Eso nunca. Te lo juro”, aseguró el veinteañero.

Se quedaron en silencio, sin atrever a mirarse. Cada uno concentrado en algún punto del auto, cuyos vidrios comenzaban a empañarse por la diferencia de temperatura con el exterior. Al rato y como una forma de alivianar el ambiente, dijo en tono de broma: “Bueno, me imagino que no te opondrás al beso que he querido darte siempre, entonces”. “Es lo único que quiero, que necesito ahora” dijo el joven.

Se miraron a los ojos y lentamente se fueron acercando hasta que sus labios se tocaron. De alguna manera se acoplaron tan bien y la intensidad del momento fue tanta, que pronto se dio cuenta que los dos años previos en que había logrado mantener las cosas en un plano amistoso, de nada habían servido, pues en ese mismo instante comenzó a enamorarse. Todo en su cuerpo se estremeció y lo mismo pasó con el joven. Para ambos fue el mejor beso que habían dado-recibido en sus vidas. En ese acto se entregaron el alma y luego de varios minutos se separaron sólo lo suficiente para mirarse a los ojos. Ambos entendieron que ya no se podrían separar más.


Con una sonrisa en la cara, soltó la oreja reparada y la observó. Perfecto, no se notaba la unión. Ahora, la cabeza. El corte diagonal que presentaba calzaba perfectamente con el resto del cuerpo. No sería difícil pegarlo. Nuevamente el adhesivo justo a ambas partes y luego, con sumo cuidado, la cabeza quedó en su lugar.


Un mes había pasado desde aquel beso. Treinta días de juntarse, conversar, conocerse, tomarse de las manos y besarse. Hasta que finalmente llegó esa noche. Estaban muy nerviosos, casi como niños o primerizos. Para ambos, no era algo sin importancia, era la confirmación de un amor real, valioso e incorruptible. De esos amores que pocas veces se experimentan en la vida.

Luego de besarse suavemente, comenzaron a sacarse la ropa… lento, muy lento. Querían descubrirse de a poco, aprender cada parte de sus cuerpos. Nada los apuraba. Nada los detenía.

Recorrieron con las yemas las pieles erizadas por la excitación hasta que el mundo entero se redujo a ellos dos, amantes perfectos el uno para el otro. Adoraron cada una de sus curvas, sus formas, sus imperfecciones. Enlazados en un abrazo eterno, ligados física y emocionalmente. Cuando entró en el joven se acabaron las fronteras. Eran un solo cuerpo que se movía armonioso al ritmo del placer. Una danza bella, en la que cada uno buscaba el goce del otro, entregados más allá de un mero acto sexual… Sí, definitivamente se amaban.


Sólo una diminuta raya, casi imperceptible, quedó cuando la cabeza del búho estuvo unida al cuerpo. Dejó el trabajo en la mesa y se quedó mirando al vacío, divagando entre momentos pasados que nunca más se repetirán. Una sonrisa melancólica se dibujó en su rostro. Luego de un rato, sacudió la cabeza para espabilarse y retomó la restauración. Tocaba unir las dos mitades del cuerpo.


Desde aquella primera noche, dormir juntos implicaba un ritual intransable: caer en el sueño abrazados totalmente. Invierno o verano durante casi tres años, a la hora de dar las buenas noches, lo rodeaba por atrás con ambos brazos, atrayéndolo contra su pecho y pasaba una pierna por entre las del joven. Ni un milímetro los separaba en esa posición perfecta en la que calzaban absolutamente. Y antes de entrar en la inconsciencia él siempre le decía un “te amo” al oído.


"Te amo, te amo, te amo..." Se sorprendió repitiendo esas palabras en forma inconsciente, casi como un mantra. “¿Te amo? ¿Todavía te amo?” Se encogió de hombros, pues respuesta no existía a esa pregunta. No era algo que se pudiera analizar con el corazón lleno de cicatrices, y en cuestiones de amor, el intelecto poco o nada tiene que decir.

Volvió a concentrarse en la reparación del búho de cristal. Un regalo de cumpleaños, cuya importancia radicaba en el gran esfuerzo que había hecho el joven para encontrarlo. Fue buscado con tanto cariño, que aún podía sentir en él la energía del afecto que alguna vez sintieron por él.


Fue una noche como muchas anteriores. Llegó a la casa del joven para quedarse. El primer signo fue el beso de saludo, un tanto frío e indiferente. Tomaron once juntos y conversaron por horas hasta que, sin saber cómo, llegaron al tema que nunca se le habría pasado por la mente tocarían. “¿Qué te pasa?”, le preguntó preocupado. “No sé, la verdad es que no lo tengo claro, pero siento que algo se rompió” respondió el joven. Cerró sus ojos como para asimilar cada una de las palabras que había escuchado. Un escalofrío lo recorrió y el sentimiento de angustia que sentiría por meses se le fijó en la boca del estómago.

Sabía perfectamente lo que tenía que preguntar, pero no quería hacerlo. Significaría darle pie para que dijera lo que no estaba dispuesto a escuchar. Su cabeza estaba a full, tratando de entender qué había pasado en el último tiempo, pues hasta ahora no había percibido ningún signo de problema. Se sintió estúpido, torpe por no haberlo notado. Lo miró por un instante. Estaba encorvado, triste y se dio cuenta que lo amaba demasiado como para evadir lo que el joven estaba necesitando decir y no se atrevía.

Si se callaba, las cosas seguirían igual, pero ¿vale la pena mantener a alguien a tu lado por lástima? ¿De qué sirve entregarle todo tu amor a quien tal vez ya no quiere recibirlo? Cerró los ojos y lo dijo: “¿Desde cuándo dejaste de amarme?”… “No, no es eso –respondió el joven– es que, bueno, creo que necesito un tiempo para pensar”.
Un tiempo, todo el mundo sabe lo que implica pedir “un tiempo”. ¿Por qué razón una pareja que se ama necesitaría alejarse, si supuestamente es juntos como se solucionan los problemas? Tenía claro que “un tiempo” significaba el espacio suficiente para superar la pena del desamor. Enfriar las cosas para que, llegado el momento, no costara tanto decir adiós.

Comprimió el dolor que sentía y accedió a la petición. “¿Cuánto tiempo necesitas?”. “No sé, un par de semanas”. “Ok –dijo– un par de semanas”.

Esa noche no fue de amor, sino de separación. Debía salir pronto de esa casa. Tomó su bolso y con un simple gesto de mano, dijo adiós.

Actuó lo más rápido que pudo, estaba a punto de ponerse a llorar y no quería hacerlo frente al joven. Cerró la puerta y corrió escaleras abajo. Necesitaba alejarse del edificio para finalmente sacar afuera todo el dolor que lo agobiaba.


Con el búho en la mano ya casi terminado, dio un gran suspiro. El recuerdo aún vivo le produjo el mismo tormento que había sentido esa noche. Intentó concentrarse en la última pieza que faltaba: la pata derecha. La acopló de diversas maneras hasta que encontró el punto adecuado. Puso el pegamento y la adosó...


Las dos semanas se convirtieron en tres y luego en cuatro... Nada sabía de su joven amor y no se atrevía a molestarlo. Estaba obsesionado, no dejaba de pensar un segundo en él, tratando aún de entender qué había pasado. Los días se hacían eternos esperando alguna manifestación de su parte: una llamada, un mensaje de texto con un “juntémonos”… nada.
Ya no dormía y en el día era un ente que se movía por inercia. ¿Cómo se puede amar tanto a una persona, que la vida prácticamente se acaba?
Se resistía a aceptar lo inevitable. Trataba de autoengañarse, pensando que todo volvería a ser como antes, pero su carácter realista lo traicionaba. Sabía que lo habían dejado de amar y tenía que aceptarlo.

Exhausto de tanto dolor se empezó a enfermar físicamente y se dio cuenta que había llegado el momento de actuar. Llamarlo no era una opción, pues arriesgaba que no le respondieran, así es que decidió escribirle un correo. En él vertió todos sus sentimientos y se despidió para siempre. Le costó muchas horas decidirse a enviarlo, pero finalmente –muy tarde en la noche– lo hizo. Por primera vez en un mes durmió relativamente bien.

La sorpresa vino con el amanecer, revisó su correo y se encontró con una respuesta del joven, pidiéndole que se juntaran. Nuevamente se encendieron las esperanzas y rápidamente contestó, accediendo a la petición. Cuando envió la respuesta, no pudo evitar sentir algo de vergüenza por su actitud infantil, pues sabía que el joven sólo estaba reaccionando a la carta de despedida, ya que durante un mes no sintió la necesidad de manifestarse… “No te hagas expectativas, se dijo, él sólo quiere cerrar las cosas”.

El día de la cita, le bastó verlo cruzar el umbral para constatar lo que temía. En el rostro del joven se percibía la falta de amor. Se arrepintió tanto de haber aceptado la reunión.

Respiró profundo y lo invitó a sentarse. Las primeras palabras del joven dejaron claro que era el final: “No me había comunicado, porque no encontraba las palabras para decirte…”
“No. No digas más –lo interrumpió– entiendo perfectamente lo que pasa”. Esta vez no pudo contenerse y las lagrimas empezaron a brotarle sin control, pero siguió hablando, pese al rostro duro que tenía al frente, inconmovible ante su dolor.  “Yo te amo demasiado, le dijo, y no sabes cuánto me duele que tú hayas dejado de hacerlo. Pero por este amor que tengo, no puedo obligarte, no puedo exigirte nada. El tonto fui yo, porque olvidé que nuestra diferencia de edad terminaría pesando, que te darías cuenta que tienes mucho que vivir y que yo sobro en esos proyectos. Sólo deseo que seas feliz y que esta decisión que tomaste sea la correcta”. “Pero yo no quiero dejar de verte, te quiero mucho", agregó el joven. “Eso no es posible. No por ahora y no sé por cuánto tiempo. Tengo que curarme, tengo que olvidarte, dejar de verte cuando cierro los ojos. Tengo que volver a vivir”.

Hablaba de forma automática, porque en el fondo lo único que quería hacer era rogarle para que se quedara a su lado, para que se re-enamorara, algo por lo que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa.… Pero los años le habían enseñado que esos intentos nunca resultaban. Definitivamente el sueño había terminado y había que despertar. No quedaba más que aceptar y dejarlo ir tranquilo. Tomó todo con la resignación más digna que pudo encontrar.

Conversaron por horas, incluso de banalidades. Ninguno de los dos quería terminar el encuentro, pues sabían que sería el último. Pero el tiempo es implacable y la hora de separarse llegó. Le ofreció acompañarlo hasta la estación de metro más cercana, así estarían unos minutos más juntos. El joven accedió feliz.

Las cuatro cuadras se hicieron demasiado cortas. Durante ese lapso rogaba para que se arrepintiera, que se detuviera y le dijera que lo amaba demasiado para dejarlo, que tenían que arreglar las cosas. Pero ya faltaba menos de 50 metros y no hubo reacción alguna. Se repetía en su mente “arrepiéntete, arrepiéntete, quédate conmigo. Por favor, quédate conmigo”. Sin embargo, llegaron hasta la estación y nada sucedió.

Se detuvieron frente a la entrada y se quedaron mirando por unos segundos. Respiraba cada vez más profundo, tratando de calmar el nerviosismo evidente. Su acelerado corazón y la angustia lacerante explotaron en más lágrimas incontenibles. Se dieron un último abrazo y al oído le dijo “no vuelvas a enamorar a un mayor, porque lo harás sufrir”… No esperó respuesta, lo soltó y dio media vuelta. Ahora lloraba libremente, sin reparar en la gente con la que se cruzaba. No volvió la vista atrás y en la primera esquina dobló, desapareciendo para siempre.


Sentado en la mesa, lloraba mientras sostenía la pata que ya estaba totalmente pegada. Se enjugó las lágrimas, aspiró profundo y miró el resultado de la restauración. Casi no se notaban las uniones. Más tranquilo se levantó llevando el búho con sumo cuidado y se dirigió a la cocina. Lo dejó sobre el mesón y se preparó un té –en hojas, como le gustaba–.

Mientras hervía el agua, tomó el búho y lo miró detenidamente. Había quedado demasiado bien. Sólo una leve raya se notaba en el centro del animal, a la altura de lo que sería su corazón. Sonrió ante la casualidad, ahora el búho tenía la misma cicatriz en el corazón qué él se había ganado hace ya casi un año.

Dejó la figura en el mesón y se sirvió el té. Como siempre, antes de probarlo, aspiró para sentir el agradable aroma de las hojas de su Ceylan favorito. Luego dio un sorbo y lo saboreó. “Mmm… exquisito”.

Tomó la pieza de cristal y nuevamente la miró a contraluz. Con el pie presionó el pedal del basurero para abrir su tapa y sin pensarlo dos veces, arrojó el búho en su interior. Luego sacó el pie y la tapa se cerró.




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